La triste huella de Yuliana Samboní en su barrio

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En Bosque Calderón nadie habla, sólo señalan, con miedo, la casa de donde Rafael Uribe Noguera se llevó a la niña hace dos meses

Una virgen dentro de una vitrina de vidrio adornada con flores, posa sobre una piedra blanca que dice “Bienvenidos Barrio Bosque Calderón Tejada” en color azul rey. El contraste es inevitable. Hacia el occidente se alcanzan a ver edificios de ladrillo, modernos, altos, construidos con cuidado. Hacia el oriente, casas improvisadas en distintos materiales y con puertas de colores sobre terrenos que han cedido al peso de las construcciones. En el barrio Bosque Calderón viven más de 30,000 personas pero ya no viven los Samboní.

 A las 4 de la tarde, al barrio Bosque Calderón lo empieza a colorear de anaranjado el principio del atardecer. Por estar en los cerros orientales el sol se mete por todas partes y se siente como un sitio tranquilo. Sin embargo, a nadie se le olvida que hace dos meses Rafael Uribe secuestro, violó y mató a Yuliana Samboní. Y a nadie le gusta hablar del tema. Guardan silencio.
 Mientras Karen sube la loma de la mano de su hija de 3 años que esta vestida de rosado, no quita la mirada de su otra hija, de seis años, que camina unos metros más delante de ella. Dice que no sabe nada, que no sabe de nadie que sepa algo y a duras penas señala la loma donde queda la antigua casa de los Samboní. “Tiene puerta roja”, dice antes de seguir caminando.
 Aura, que no puede hablar porque va tarde para su trabajo, dice, que los Samboní ya se fueron, que no querían volver a saber nada del barrio, de la ciudad, de nadie. Y dice, que a pesar de todo el barrio es un sitio tranquilo. Aura dice la verdad. El barrio es, a pesar de lo sucedido, un lugar tranquilo.

El barrio sigue siendo tranquilo a pesar de lo que sucedió.

Hay niños jugando fútbol con un balón que antes seguramente era blanco pero que después de tanto rodar por las calles sin pavimentar se ha vuelto gris y se la han descocido algunos pedazos. En una calle, seis adolescentes, todavía con uniforme de colegio, de pantalón azul oscuro y camisa blanca, están reunidos en un andén. Una señora embarazada entra a una tienda a pagar lo que le habían fiado el día anterior. Todo es normal hasta que alguien pregunta por Yuliana y el ambiente se pone tenso y nadie tiene respuestas.

Se sabe que ya no viven ahí, que la pieza donde vivían se la arrendaron a otra familia y que lo de Yuliana es un tema que no se toca. Solo se atreven a señalar la loma y dicen que su casa es “la de la puerta roja, arriba”. Nicolás de doce años se prepara para la vida diciendo que “el miedo no es lo suyo y que como él es grande, él no se va a dejar llevar”. Sube muy ágil por entre unas piedras que conducen a la loma de la casa donde vivía Yuliana Samboní. “La de la puerta roja”, repite también él, da media vuelta y se va.

Así era antes la casa de Yuliana y de sus vecinos antes que fuera pintada. Foto: archivo Pulzo.com

La casa, antes blanca, ahora está pintada de vinotinto. Ya no hay letreros, ni flores, ni rastro alguno. Vive otra familia, que los vecinos no identifican; pagan arriendo para ocupar el que fuera el hogar de la pequeña Yuliana, que vivía en el primer piso. Es simplemente otra casa más en el Barrio Bosque Calderón, la de la puerta roja, que dejaron igual.

fuente: las2orillas

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